Conchita Goyanes

Ourense, abril de 1936

I

Conchita Goyanes había encontrado la gloria y el martirio cuando conoció a su marido, Carlos. Hombre recto y austero, cristiano en Dios, gozaba de todos los principios que una distinguida señorita podía exigir al elegir esposo. Fue apuesto en su juventud, pretendido por muchas, y aún ahora en su madurez la elegancia lo seguía identificando. Enjuto, extremadamente delgado, lucía en todo su esplendor los trajes a medida que se hacía traer de las mejores sastrerías de Madrid. Zapatos italianos, impolutos, bien lustrados, reflejaban los rayos del sol sobre su cubierta, y reforzaban, aún más la dignidad de quien los portaba. El sombrero quedaba reservado para sus actividades políticas, y no era habitual verlo con él.

Conchita no podía ostentar más dignidad, cuando colgada de su brazo realizaban su diario paseo, y sentía ser el objeto de admiración de amigas y conocidos, al ir acompañada de tan distinguido caballero. Desde la Diagonal, donde se encontraba su vivienda, a través del Paseo, con paso lento y continuas interrupciones para saludar a amistades o viandantes ocasionales, se trasladaban hasta el Liceo, donde compartían tertulia. Ella la de las amigas de la Cruz Roja, él tertulia política, dos mesas pegadas entre sí, dos conversaciones que nunca se cruzaban.

Saboreaban aquel momento con la delicia de quien disfruta de un placer prohibido, uno de los pocos que podían mantener con la tranquilidad de sentirse seguros, en un tiempo de tantas turbulencias. Mantenían ambas mesas una conversación distendida, centradas ellas en la creciente dificultad de abastecerse de alimentos básicos, pues ya era patente la escasez de harina y aceite, alcanzando su precio de venta carácter prohibitivo, incluso para quienes como ellos ostentaban una situación económica desahogada. En la otra parte de la mesa, la palabra la retenía en exclusiva, D. Eduardo, también conocido, muy a su pesar, como “elmelenas”. No era alto desde luego, encogido en sus carnes, poco favor le hacían las largas melenas que tapaban sus orejas hasta alcanzar las anchas patillas que prolongaban un revirado bigote, dando la imagen de un hombre antiguo que buscaba erróneamente una juventud de la que nunca disfrutó. D. Eduardo gozaba de la erudición que atribuían las largas lecturas en soledad, y de una verborrea que le llevaba a monopolizar todas las conversaciones en las que intervenía.  

– Parece que ha llegado el momento de la verdad, D. Carlos. Tanto les molestaba Alcalá Zamora que han montado una farsa para desalojarlo de la Presidencia de la República. Hurtan la voluntad popular con un artificio jurídico, pues, cualquier jurista sabe que la disolución de las cortes constituyentes no puede ser computada.

– Ya lo he leído en el Diario El Sol, que aunque llega tarde, aporta alguna de las claves para entender lo que está sucediendo.

– No hace falta leer el periódico para comprender que Alcalá Zamora no era santo de devoción de la izquierda, y tampoco de la derecha. Nadie le perdona lo sucedido todos estos años de presidencia. Bueno, casi nada, pues los diarios destacan la brillante intervención de su cuñado, de D. Juan Freixido, en su defensa.

-No comparto las palabras de mi cuñado, quien, como siempre, sigue el camino erróneo, empeñado en defender lo indefendible. El país está ingobernable y buena culpa de ello la tiene Alcalá Zamora, incapaz de imponer su autoridad, y cuando lo ha hecho ha sido para represaliar a la derecha – insistió Carlos Goyanes -.

– La culpa no ha sido solo de él, o ya nadie se acuerda del bienio reformista de Lerroux. Han sido años en los que nos han acompañado gobiernos endebles que no han afrontado las reformas que necesitaba el país. Hace falta mano dura y solo la falange y el ejército pueden imponerla -irrumpió en la conversación D. Fernando de Lezcano, industrial, propietario de una próspera fábrica de escobas, y sobre todo, hombre religioso, patrono mayor de la Cofradía del Santo Entierro.

– Somos muchos los que pensamos lo mismo,- le contestó Carlos- como usted bien sabe no me canso de proclamar la necesidad de orden y respeto hacia las instituciones religiosas. No podemos consentir lo que está sucediendo. Ya no puedo exigirlo de forma más clara, la censura de la SIM empieza a funcionar, y ya no sé cuánto tiempo me permitirán seguir escribiendo.

– Si se atreven a cerrar el periódico Galicia, acabaremos con ellos. Seria inconsentible.

– Lo verán sus ojos, D. Eduardo, ayer no salió mi columna por orden de la autoridad, y me ha dicho el director que cada vez que lo hagan, publicaremos un crespón negro en su lugar. El mismo crespón que pondràn sobre cada una de sus tumbas.

Carlos Goyanes abandonó precipitadamente el café, un ujier le acercó un sobre que recogió, y sin necesidad de leerlo, se disculpó con los presentes, besó a su esposa en una de sus manos, y abandonó el Liceo por la puerta próxima a la Alameda. Se aproximaba el momento de la verdad, los hombres de bien, como él se consideraba a sí mismo, no podían quedar al margen de lo que estaba aconteciendo. Si bien lo que hoy le importunaba tenía más que ver con un problema familiar que con la complicada situación del país. Su hermano José había vuelto a involucrarse en un altercado. Ahora entendía los susurros de su esposa con D. Luis, el juez de instrucción, siempre presto a recibir los halagos de Conchita. Temía por su hermano, no por la acción de la justicia, que en manos de D. Luis se reducía al deseo de agradar a Conchita y su grupo de amigas y no iba a imponer pena alguna. El castigo moral ya se lo impondrían ellas, José era un hombre disoluto en sus costumbres, demasiado amigo de visitar lupanares y casas de mal vivir, pero lo que ya no se podía consentir eran sus nuevos amores con Paquita, mujer nada recomendable que acabaría por convertir su vida en un tobogán de alcohol y peleas, dejando en medio el escaso patrimonio familiar que les quedaba y un día cualquiera su propia integridad.

No fue el único que abandonó la tertulia, D. Eduardo también lo hizo. Salió por la puerta principal camino del cercano Hotel Miño. No fue fácil, a pesar de su cercanía, llegar hasta él. El tumulto de gente era continuo, y para un hombre de tan baja estatura resultaba peligroso verse envuelto en aglomeraciones. No era un hombre de acción D. Eduardo, sus limitaciones físicas se lo impedían. Pensó en desistir y dar la vuelta, pero la novedad le podía. Los negocios llamaban a su puerta, tantos años de soledad solo los había podido soportar con las largas horas que dedicaba a la lectura y el estudio, habiendo adquirido merecida fama por su conocimiento y erudición en literatura medieval. Disponía de una inmejorable colección de libros de los siglos XVI y XVII, invirtiendo en su adquisición la pequeña fortuna que había heredado de sus padres. Ahora se abría la posibilidad de adquirir un nuevo libro. No sabia quien era el vendedor, fueron tantas las cautelas para establecer aquel contacto, que ardía en deseos de conocer el contenido de aquella misteriosa proposición.

II

Otra vez el alcohol había sido la causa. Nada nuevo. Siempre que acontecía se repetía el mismo camino, un círculo que se iniciaba con un altercado en cualquiera de los bares de mala reputación que tanto abundaban en la ciudad y terminaba ante el juez, asistido por su fiel amigo Julián, quien a pesar de sus reticencias terminaba accediendo y acudía en su defensa.

El despacho del juez, situado en la planta baja del recién inaugurado Palacio de Justicia, presentaba ya el deterioro ocasionado por el uso. No había cedido D. Luis ante las nuevas modas, y conservaba la recia mesa de castaño que habían ocupado todos sus antecesores en el cargo. Una estantería de tres cuerpos, el del medio acristalado, permitía entrever los libros de sentencias que quizás consultase su Señoría. José no estaba muy convencido de ello, años de ejercicio profesional le habían desanimado, y era ya mínima la confianza que tenía en la erudición de la justicia. Lo justo acababa convirtiéndose en la exclusiva voluntad del juez, que este amparaba con la cita de sentencias dictadas por la Audiencia Territorial, imposibles de comprobar, por mucho que se estuviese suscrito a la Revista de Jurisprudencia, como él lo estaba. Por eso dudaba de su realidad, convirtiéndose en plena certeza tras una larga charla con el oficial del juzgado, quien adulaba la memoria de D. Luis, capaz de citar ciento y una sentencias sin necesidad de consultar libro alguno. Estaba convencido que jueces como D. Luis solo atendían a la equidad, pero no a aquella que se identifica con la plenitud de la justicia, sino aquella otra que se modula a cada asunto y sobre todo al interés que unos u otros le transmitían al bueno de D. Luis, tan influenciable como injusto.

Allí sentado en la silla de la derecha, la reservada a los delincuentes, se sentía cómodo. No encontraba excesivas diferencias con la otra silla, más suntuosa, ocupada por quien actuaba como letrado. No variaba su discurso, ni siquiera las consecuencias. Gracias a Dios, era un tiempo en el que no cabían delincuentes de buena familia, y en donde los duelos por honor, aunque estos consintiesen en unas bofetadas, estaban plenamente admitidos. Sabía de sobra que aunque despertase la ira del juez, todo se iba a acabar en eso. Sacó un pitillo de la pitillera de plata, remarcada con dos grandes letras entrelazadas, JG, que ya había sido de su padre. Se alegró al comprobar que no había sufrido las consecuencias derivadas de la pelea. Le daba confianza aquella pitillera, parecía trasmitirle el saber estar de su padre, abogado como él, un señor en la ciudad, un padre de los que ya no quedan, serio y cariñoso. Hasta se sintió impropio al admitir estos pensamientos, él que ya se aproximaba a los 60.

Aunque parezca lo contrario, José hoy no era el abogado, sino el acusado. Le resultaba fácil cambiar de rol, demasiado fácil. Un par de copas lo lograban con una facilidad infinita. Como acusado era un cliente fácil, nunca protestaba a los consejos de su letrado, y tampoco le daba cumplimiento alguno a los que este le realizaba. El alcohol y las mujeres estaban fuera del ámbito de negociación, eran su vida, o mejor dicho, lo que escasamente quedaba de ella.

La voz del aguacil, los hizo poner en pie. Entraba en la sala su Señoría.

– José, otra vez aquí. Se acaba mi paciencia. Me han hecho volver de la partida en el Liceo cuando tenia unas cartas magnificas. Solo vengo para no desagradar a tu cuñada, pues ningún interés tengo en evitar que duermas otra noche en el cuartel. Esto ya roza lo inconsentible. ¡O te moderas, o me vas a obligar a tomar medidas, y entonces te voy a dejar una semana en la cárcel provincial!, ¡Esto no puede seguir así!

– Han sido solo unas copas, D. Luis. Las malas amistades hacen el resto. Ya sabe que no soy hombre de fuerte voluntad. Una vez ya metido en harina, soy incapaz de dar marcha atrás, y mire que lo intento.

– No son solo las malas compañías, que también lo son, es esa mujer, la que provoca todo esto. Un hombre de tu prestigio, de buena familia, los Goyanes siempre habéis sido una de las familias de referencia en la ciudad, no puede estar metido en lugares de alterne, entre putas y borrachos.

– No sigue los buenos consejos, D. Luis, no hay modo –intervino Julián el abogado- Cada vez que salimos de aquí le advierto que o cambia o no volveré a asistirlo, y ya ve, aquí me tiene de nuevo.

José hizo ademán de dar una explicación, pero desistió antes de que sus palabras comiencen a brotar, poco se podía argumentar, además, era bien cierto que a penas recordaba nada de lo acontecido. El licor café lo había acompañado en exceso toda aquella noche de farra, entre caras que se fueron sucediendo de unos garitos a otros. Las calles que circundaban a la Catedral, paralelas entre si y confluyentes con la Plaza Mayor, formaban el circulo por el que discurrían sus continuas juergas. No había tarde en la que no acudiera a tomar unas tazas acompañado de su amigo “milimitros”. inseparable compañero, en esas noches de desvarío, ya fuesen de aguardiente y mujeres o las cada vez más habituales de cacería. El bar “Martínez” era parada y destino. Improvisado púlpito desde donde ilustrar a los profanos sobre las maldades del socialismo y lugar de reunión de las fuerzas fascistas, aunque la mayoría de las veces, no era mas que tasca de conversación fluida, abundante bebida y profundos desvaríos, que hacían surgir los deseos más profundos y generaban más de una pelea.

El “Martínez” era su refugio, su campo de acción, y el punto de inicio de sus operaciones. A José le gustaba el movimiento, no era hombre para estar quieto. No aguantaba más de un par de rondas, un par de tazas y comenzaba la cacería. No faltaban compañeros para jalearlo, ni comunistas a los que amedrentar.

– Don Luis, necesitaría el auxilio de mi amigo, Jose Parada, “milímetros”, para recordar lo sucedido. Seguro que él le puede dar una versión más acertada del motivo de la pelea. Solo recuerdo el dolor de los puñetazos, y ese olor a mierda que emanaba ese sucio anarquista.

– No le voy a permitir que hable en ese tono. Hay una persona en el hospital, con lesiones muy importantes, y ustedes me dicen que no recuerdan nada. No entiendo como no les da vergüenza, un abogado y un procurador metidos en estos jaleos. Son ustedes un motivo de desagrado para la curia de esta ciudad.